lunes, 6 de octubre de 2014

Cataluña en la encrucijada (II)


El escenario más probable inmediato que se producirá en los próximos días, es que después de fuertes tensiones en el bloque de partidos pro-consulta,  se cumpla la decisión del Tribunal Constitucional y no haya ni consulta ni amago de consulta el 9 de noviembre, y en consecuencia la única salida del Govern de la Generalitat sea  convocar elecciones anticipadas. Algunos dirigentes de Convergencia las han definido como plebiscitarias. El significado de plebiscitarias no es tan claro como parece. Según algunas interpretaciones, Mas consciente que en estos momentos ERC sería la primera fuerza parlamentaria, pretende con esa fórmula fomentar candidaturas conjuntas de los dos partidos, que previsiblemente llevarían en su programa electoral la Independencia de Cataluña y que además enmascararían su fracaso político.

Hablando claro: lo de consultar la opinión de los catalanes el 9 de noviembre es un mero artificio para disimular ante Madrid, el auténtico objetivo de la actual movilización catalana. No había más que ver el emotivo acto en el Palau de la Generalitat en la recepción organizada por Mas a  los alcaldes catalanes del pasado 4 de octubre. La consigna que coreaban en los momentos de mayor entusiasmo no era ¡consulta!!consulta! sino ¡independencia!! independencia !.

Previsiblemente en coalición o por separados ERC y  C. y ¿U.? obtendrán de nuevo mayoría en la cámara, contando siempre con la inestimable ayuda de I.C.  socio  parlamentario de IU en la auto-denominada Izquierda Plural. Al haber llevado explícitamente en su programa el objetivo independentista muy bien  podrán  declarar en otra histórica sesión del Parlamento Catalán la Independencia de Cataluña. Y vuelta a empezar. Recurso del Gobierno al Tribunal Constitucional, suspensión del acuerdo….Cataluña, incluso aunque hubiera una mayoría electoral favorable en su población no puede ser hoy por hoy, ni posiblemente en muchos años, independiente. No sólo por  razones legales. España no puede permitirse el lujo de que se separe la primera comunidad de España en P.I.B, que,  cito de memoria, alcanza casi el veinte por ciento de nuestro P.I.B nacional. Pujol  a  quién algunos adjudican la tutoría en la sombra de este desdichado proceso soberanista, debería haber recordado lo que dijo allá por 1990, cuando la desmembración de la Unión Soviética “Lituania es como Cataluña, pero España no es la Unión Soviética”. Cuanta  lucidez perdida con los años. Como escribió el general De Gaulle en sus Memorias de Guerra refiriéndose a Petain “la vejez es un naufragio”.

Es claro que no habrá, al menos en un futuro próximo, Independencia Catalana. Esto no obsta para que el Gobierno español, pasado el nueve de noviembre, de común acuerdo con el PSOE, prepare ofertas atractivas para el sector moderado del nacionalismo catalán. Aunque condenado al fracaso, como he intentado demostrar en estas líneas, el independentismo catalán tiene un innegable arraigo en los sectores más movilizados de la sociedad catalana. A lo largo de reiterados viajes, por razón de amistades, a la provincia de Girona en las décadas de los ochenta y noventa, ya pude observar en conversaciones con sus habitantes, en los signos externos simbólicos como las banderas visibles, la educación que se impartía en las escuelas… que existía lo que podríamos llamar, al menos en esa zona de Cataluña, un independentismo latente. Como ha ocurrido en otras ocasiones en la Historia, determinados acontecimientos en los últimos años han transformado el independentismo latente  en Cataluña en una potente  fuerza política. Un acontecimiento de primera magnitud ha sido la aguda  crisis económica que afecta a Cataluña, como al resto de España, desde el año 2008. Otro, la desgraciada peripecia del nuevo Estatuto Catalán, con el colofón de la Sentencia del Tribunal Constitucional, después de tres o cuatro años de deliberaciones para dictaminar sobre un texto que no tendrá más de cien páginas. Dictamen que sin duda tendrá sólidas bases jurídicas, pero que políticamente cayó como una bomba sobre un pueblo que después de tres aprobaciones parlamentarias había ratificado en referéndum el nuevo Estatuto. Sin duda junto con los citados hay  otros factores que seguramente desconozco. Todos han convertido al independentismo catalán en una fuerza de primera magnitud.

Las grave crisis del Estado Español que comporta  la agudización del problema catalán no es algo que se pueda dejar para que el tiempo lo solucione. Es notorio que  Rajoy es un firme partidario de que el tiempo soluciones los problemas. Esta fórmula puede servirle en ocasiones, como para que Gallardón se sienta "ninguneado" porque   nunca se tramite un ante-proyecto de Ley de su competencia  aprobado hace más de un año en Consejo de Ministros, y poder forzar su dimisión. El problema catalán es mucho más complejo y grave que quitarse de encima a Gallardón. Se deberán llevar a cabo en un futuro inmediato transformaciones políticas  y legales que permitan una mayor identificación de cuando menos un sector de la sociedad catalana  con el Estado Español. Para ello será necesario una Reforma Constitucional que resuelva este y otros puntos de la misma como el artículo dieciséis donde se confiere una excepcionalidad a la Iglesia Católica, que si podía tener sentido en 1978, queda fuera de lugar en una sociedad fuertemente laica como la de hoy en día. O la definición de las Diputaciones Provinciales como Administración necesaria del Estado, lo que en un Estado Autonómico no hace más que superponer Administraciones con competencias compartidas. He citado a título de ejemplo sólo algunos aspectos reformables de nuestra Carta Magna. Evidentemente todo el proceso complejo que supone reformar la Constitución deberá abordar muchas más cuestiones, pues las Constituciones no se reforman todos los años.

El Partido Popular bien por un esencialismo español mal entendido, o por  corto-placismo electoral ha adoptado de momento una posición inmovilista ante la crisis en Cataluña que radicaliza las posiciones en esa Comunidad y no conduce más que a un reiterado y tedioso discurso sobre la obligación de los poderes públicos de cumplir y hacer cumplir la Ley. Esto es obvio. Pero las leyes en una democracia se pueden modificar y no convertirlas en un “corsé” que cree más problemas que los que resuelve. Y esto también es válido para algunos artículos de la Ley de Leyes que es la Constitución.

En resumen hay unas líneas rojas – por emplear una expresión de moda – que no se pueden atravesar como es la unidad de la Nación Española por razones económicas, estratégicas y legales. La pretensión del soberanismo catalán que en Europa hay una amplia corriente simpatía por su derecho a la Independencia es hacerse trampas al solitario, pues, por lo menos en la Europa continental, la de verdad, la del euro, la ruptura de las fronteras establecidas después de la Segunda Guerra Mundial en el corazón de Europa se considera como un grave riesgo a la estabilidad de todos los países. Significados “lideres” europeos han expresado claramente su posición contraria a la “aventura catalana”. Más acá de las líneas rojas hay un amplio campo que desarrollar que permitiría reconocer la singularidad catalana en el Estado Español sin que ese reconocimiento suponga amenaza a la ruptura del Estado. Tan absurdo es pretender la independencia de Cataluña como considerar que esa Comunidad es una región más de España.

El artículo dos de la Constitución hay que leerlo entero, y cuando se refiere a nacionalidades y regiones, de “facto está reconociendo la heterogeneidad de los territorios de la nación. Obviamente esta heterogeneidad no debe suponer  privilegios a unos territorios sobre otros. Únicamente reconocer que lo que es distinto  en lo real se debe reconocer en las leyes.


 P.D: Hoy 6 de octubre se acaban de conocer las declaraciones del Conseller de Presidencia de la Generalitat Francesc Homs. Creo que refuerzan la idea que se muy improbable que el 9 de noviembre  haya consulta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario