sábado, 27 de septiembre de 2014

Dialogo entre Jesús y Pilatos (I)



Lo que viene a continuación se trata de un mero ejercicio de imaginación, pues en términos puramente históricos es muy improbable que existiera ese diálogo con Pilatos , al parecer éste residía en Cesarea, por lo que no se sabe muy bien que se le había perdido en Jerusalén,  es dudoso que un prefecto romano dedicara su tiempo a razonar con un carpintero judío, y además según los Evangelios el legendario dialogo se celebró sin testigos por lo que terceros lo conocieran tampoco es  probable, pues Pilatos no se lo debió contar a los evangelistas y, en cuanto a  Jesús, salvo que se confesara antes de morir ejecutado, no tuvo ya oportunidad de hablar con nadie.

JESUS: Yo trabajaba en la carpintería de mi padre. Era un trabajo aburrido y rutinario y en mis ratos libres leía las Sagradas Escrituras. Un día oí hablar de un tal Juan Bautista que se proclamaba  enviado de Yavé y  bautizaba en el Jordán. Al no estar lejos el río Jordán de la carpintería me acerque por ahí y encontré un ambiente emotivo y lleno de exaltación, muy diferente al aburrimiento del taller. Me presenté al llamado Juan Bautista que no sólo me bautizó con  agua y frases solemnes sino que me trató con gran deferencia, pese a tener fama de iracundo. Le comenté que yo también me sentía llamado por Yavé y me aconsejó que me fuera al desierto a purificarme y que eso sería además una prueba para mí.

Así lo hice y estuve en el desierto diez o quince días, aunque luego conté que eran cuarenta para que se correspondieran a los cuarenta años de la travesía del desierto del Pueblo Elegido. El ayuno, el calor y el aburrimiento me provocaron visiones en las que se me aparecía hasta el mismísimo Satanás que me incitaba a tirarme de un pináculo para que los ángeles me recogieran en la caída. Como ya le dije era gran conocedor de las Sagradas Escrituras y no recordaba que ningún enviado de Yavé se hubiera lanzado al vacío por lo que no era seguro que los ángeles se dedicaran a estos menesteres y preferí pisar suelo firme.

En otra aparición me prometió todas las riquezas del mundo si le adoraba. Nunca he sido codicioso y además tuve presente que estaba ante el mismísimo Príncipe del Mal por lo que no había razón alguna para creer que cumpliera sus promesas, y me arriesgaba a hacer el ridículo postrándome ante él para nada. Así que le rechace con una contundente frase que posteriormente hizo fortuna “Vete  de mi, Satanás, porque escrito esta: al Señor Tu Dios adoraras y a Él sólo servirás.”

Acabados aquellos interminables días abandoné el desierto y lleno de fe y energía me acerqué al lago Tiberiades. Allí había algunos rudimentarios pescadores que llevaban una vida tan triste como la mía en la carpintería y mucho más pobre pues la pesca era escasa. Y no sólo era escasa, sino como como vuestra Excelencia sabrá el pescado de lago sabe a barro y en nada se puede comparar a las lubinas y doradas que a buen seguro honran su mesa en Cesarea. Siempre he sido elocuente y adornando mis predicas con unas cuantas citas de la Escrituras rápidamente conseguí que aquellos buenos hombres dejaran sus quehaceres y me acompañaran a enseñar la Buena Nueva.

Así anduvimos por Galilea más de un año. En unos sitios nos recibían con hostilidad y en otros con devoción invitándonos a comer y lavándonos los pies con selectos perfumes. Me proporcionó cierta fama que en nuestro diario caminar pasamos por un pueblo en el que daban por muerto a un tal Lázaro. Sus hermanas muy crédulas como es común en las mujeres me pidieron que como Mesías que era resucitara a su hermano recién fallecido.  Yo dudaba de mis auténticos poderes taumatúrgicos, pero ante sus angustiadas demandas acepté entrar en la habitación del muerto. Estuve  a su lado varias horas, y observé que expiraba aire con dificultad, sus labios resecos eran señal de una altísima fiebre. Le pase varias veces la mano por la frente y finalmente abrió los ojos. El descanso había disminuido la fiebre y finalmente se levantó .Sus hermanas gritaron de júbilo “que había resucitado”. Yo no estaba muy seguro que realmente hubiera muerto ni creo que él tampoco, pero debió pensar que ser un resucitado le daba un prestigio muy superior a una mera curación de unas fiebres. Así era nuestra vida no muy cómoda ni llena de riquezas, entre pedregales y campesinos ignorantes, pero lejos de la monotonía y la rutina de la carpintería.

Otro episodio de aquellos días de predica que también contribuyó a mi aureola mesiánica fue el exorcismo de una endemoniada. De nombre Magdalena sufría desmayos, espasmos, lanzaba gritos ininteligibles, y todo ello era atribuido por su familia y  vecinos a que estaba poseída por el Maligno. Me pidieron que gracias a mis poderes sobrenaturales expulsara de su cuerpo a los demonios. Me encerré con ella en su alcoba y recordando algún trato que tuve con mujeres en los ya lejanos días de mi vida en Nazaret pronto sospeché que aquellas demoniacas manifestaciones podían deberse a que soltera, joven, y puesto que nuestro pueblo es mucho intransigente en  las normas que deben regir el trato entre varones y hembras que según se cuenta ocurre en la lejana Roma, y que sin duda su Excelencia conoce mucho mejor que yo, como decía soltera, joven y porque no hermosa ,  privada de cualquier relación carnal con varones, deseaba intensamente éstas y la privación afectaba a su cordura.


No negaré  que tentado estuve de intentar calmar sus desvaríos con mi parte más humana, pero temía que incapaz de guardar un secreto como es norma entre mujeres se fuera de la lengua, y recordé que en las Sagradas Escrituras los enviados por Yavé jamás fornicaban con hembras y menos sin mediar matrimonio. Cierto es que Abraham lo hizo con una esclava pero eso era porque desesperaba de tener descendencia con su mujer de avanzada edad. Y aun así no es seguro que Yavé  viera con buenos ojos ese adulterio pues es sabida la dura prueba que le impuso ordenando matar a su amado y tardío hijo Isaac, deteniendo el infanticidio en el último instante. Temiendo por el futuro de mi misión salvadora si calmaba de tal manera sus ansías opté por aconsejarle un remedio que me dio a conocer una sacerdotisa fenicia. Antes de dormir debía friccionar suavemente esa parte femenina que imita nuestro órgano viril con sus dedos más delicados largo rato acompañándolo de unas fantasías acorde con esas sensaciones. Siguió esa noche mi consejo, al parecer en cuatro o cinco ocasiones, y a la mañana siguiente despertó mucho  calmada y serena. Todos alabaron mi exorcismo y con qué rapidez había expulsado de su seno a los demonios. Magdalena también me quedó muy agradecida aunque en nuestra despedida me indicó que le hubiera gustado un remedio más contundente a sus males y hasta hoy guardo un tierno recuerdo de aquel milagro.

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