Lo que viene a continuación se trata
de un mero ejercicio de imaginación, pues en términos puramente históricos es
muy improbable que existiera ese diálogo con Pilatos , al parecer
éste residía en Cesarea, por lo que no se sabe muy bien que se le había perdido
en Jerusalén, es dudoso que un prefecto romano dedicara su tiempo a razonar
con un carpintero judío, y además según los Evangelios el legendario dialogo se
celebró sin testigos por lo que terceros lo conocieran tampoco es probable, pues Pilatos no se lo
debió contar a los evangelistas y, en cuanto a
Jesús, salvo que se confesara antes de morir ejecutado, no tuvo ya
oportunidad de hablar con nadie.
JESUS: Yo
trabajaba en la carpintería de mi padre. Era un trabajo aburrido y rutinario y
en mis ratos libres leía las Sagradas Escrituras. Un día oí hablar de un tal
Juan Bautista que se proclamaba enviado
de Yavé y bautizaba en el Jordán. Al no
estar lejos el río Jordán de la carpintería me acerque por ahí y encontré un
ambiente emotivo y lleno de exaltación, muy diferente al aburrimiento del
taller. Me presenté al llamado Juan Bautista que no sólo me bautizó con agua y frases solemnes sino que me trató con
gran deferencia, pese a tener fama de iracundo. Le comenté que yo también me
sentía llamado por Yavé y me aconsejó que me fuera al desierto a purificarme y
que eso sería además una prueba para mí.
Así
lo hice y estuve en el desierto diez o quince días, aunque luego conté que eran cuarenta
para que se correspondieran a los cuarenta años de la travesía del desierto del
Pueblo Elegido. El ayuno, el calor y el aburrimiento me provocaron visiones en
las que se me aparecía hasta el mismísimo Satanás que me incitaba a tirarme de
un pináculo para que los ángeles me recogieran en la caída. Como ya le dije era
gran conocedor de las Sagradas Escrituras y no recordaba que ningún enviado de
Yavé se hubiera lanzado al vacío por lo que no era seguro que los ángeles se
dedicaran a estos menesteres y preferí pisar suelo firme.
En
otra aparición me prometió todas las riquezas del mundo si le adoraba. Nunca he
sido codicioso y además tuve presente que estaba ante el mismísimo Príncipe del
Mal por lo que no había razón alguna para creer que cumpliera sus promesas, y
me arriesgaba a hacer el ridículo postrándome ante él para nada. Así que le
rechace con una contundente frase que posteriormente hizo fortuna “Vete de mi, Satanás, porque escrito esta: al Señor
Tu Dios adoraras y a Él sólo servirás.”
Acabados
aquellos interminables días abandoné el desierto y lleno de fe y energía me
acerqué al lago Tiberiades. Allí había algunos rudimentarios pescadores que
llevaban una vida tan triste como la mía en la carpintería y mucho más pobre
pues la pesca era escasa. Y no sólo era escasa, sino como como vuestra Excelencia sabrá el pescado de
lago sabe a barro y en nada se puede comparar a las lubinas y doradas que a
buen seguro honran su mesa en Cesarea. Siempre he sido elocuente y adornando
mis predicas con unas cuantas citas de la Escrituras rápidamente conseguí que
aquellos buenos hombres dejaran sus quehaceres y me acompañaran a enseñar la
Buena Nueva.
Así
anduvimos por Galilea más de un año. En unos sitios nos recibían con hostilidad
y en otros con devoción invitándonos a comer y lavándonos los pies con selectos
perfumes. Me proporcionó cierta fama que en nuestro diario caminar pasamos por un
pueblo en el que daban por muerto a un tal Lázaro. Sus hermanas muy crédulas
como es común en las mujeres me pidieron que como Mesías que era resucitara a
su hermano recién fallecido. Yo dudaba de
mis auténticos poderes taumatúrgicos, pero ante sus angustiadas demandas acepté
entrar en la habitación del muerto. Estuve
a su lado varias horas, y observé que expiraba aire con dificultad, sus
labios resecos eran señal de una altísima fiebre. Le pase varias veces la mano
por la frente y finalmente abrió los ojos. El descanso había disminuido la
fiebre y finalmente se levantó .Sus hermanas gritaron de júbilo “que había
resucitado”. Yo no estaba muy seguro que realmente hubiera muerto ni creo que
él tampoco, pero debió pensar que ser un resucitado le daba un prestigio muy
superior a una mera curación de unas fiebres. Así era nuestra vida no muy cómoda
ni llena de riquezas, entre pedregales y campesinos ignorantes, pero lejos de la
monotonía y la rutina de la carpintería.
Otro
episodio de aquellos días de predica que también contribuyó a mi aureola
mesiánica fue el exorcismo de una endemoniada. De nombre Magdalena sufría
desmayos, espasmos, lanzaba gritos ininteligibles, y todo ello era atribuido
por su familia y vecinos a que estaba
poseída por el Maligno. Me pidieron que gracias a mis poderes sobrenaturales
expulsara de su cuerpo a los demonios. Me encerré con ella en su alcoba y
recordando algún trato que tuve con mujeres en los ya lejanos días de mi vida
en Nazaret pronto sospeché que aquellas demoniacas manifestaciones podían
deberse a que soltera, joven, y puesto que nuestro pueblo es mucho
intransigente en las normas que deben regir
el trato entre varones y hembras que según se cuenta ocurre en la lejana Roma, y
que sin duda su Excelencia conoce mucho mejor que yo, como decía soltera, joven
y porque no hermosa , privada de
cualquier relación carnal con varones, deseaba intensamente éstas y la
privación afectaba a su cordura.
No
negaré que tentado estuve de intentar
calmar sus desvaríos con mi parte más humana, pero temía que incapaz de guardar
un secreto como es norma entre mujeres se fuera de la lengua, y recordé que en las
Sagradas Escrituras los enviados por Yavé jamás fornicaban con hembras y menos
sin mediar matrimonio. Cierto es que Abraham lo hizo con una esclava pero eso
era porque desesperaba de tener descendencia con su mujer de avanzada edad. Y
aun así no es seguro que Yavé viera con
buenos ojos ese adulterio pues es sabida la dura prueba que le impuso ordenando
matar a su amado y tardío hijo Isaac, deteniendo el infanticidio en el último
instante. Temiendo por el futuro de mi misión salvadora si calmaba de tal
manera sus ansías opté por aconsejarle un remedio que me dio a conocer una
sacerdotisa fenicia. Antes de dormir debía friccionar suavemente esa parte
femenina que imita nuestro órgano viril con sus dedos más delicados largo rato
acompañándolo de unas fantasías acorde con esas sensaciones. Siguió esa noche
mi consejo, al parecer en cuatro o cinco ocasiones, y a la mañana siguiente
despertó mucho calmada y serena. Todos
alabaron mi exorcismo y con qué rapidez había expulsado de su seno a los
demonios. Magdalena también me quedó muy agradecida aunque en nuestra despedida
me indicó que le hubiera gustado un remedio más contundente a sus males y hasta
hoy guardo un tierno recuerdo de aquel milagro.
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