sábado, 27 de septiembre de 2014

Dialogo entre Jesús y Pilatos (II)



No todos mis  exorcismos tuvieron un final tan feliz. Días después, y precedido de la aureola que me había proporcionado el exorcismo de Magdalena, en otra miserable aldea de aquella inhóspita Galilea me solicitaron que exorcizara los demonios que atormentaban a un desdichado. Andaba desnudo  por los arrabales de la aldea y dormía en los sepulcros.  Pronto observé que si los males de Magdalena eran mera consecuencia de la obligada y no deseada abstinencia de varón, aquel desgraciado estaba sencillamente loco de remate. Siempre inspirado por mi amor al prójimo ayude en lo que pude a paliar sus males y le animé que vociferara y aullara a viva voz. Al cabo de una hora se calmó y quedó en silencio. Sin embargo una piara de cerdos que merodeaba por los alrededores se asustó de tal manera ante los gritos  que corrieron en estampida y se despeñaron por un acantilado, ahogándose en el mar sin remedio. Los aldeanos agradecidos entendieron que los demonios que atormentaban aquel desgraciado habían abandonado su cuerpo, y ocupando los de los gorrinos habían provocado su loca carrera y su muerte por ahogo. Me despidieron impresionados y bautice a varios recordándoles que siempre el poder de mi Padre era superior al Maligno. En honor a la verdad en la emotiva despedida me solicitaron que no honrara su modesta aldea con nuevos exorcismos, pues la piara era una de las fuentes de sustento de aquellas gentes.

Sin embargo meses después llegaron a mis oídos que de nuevo el enloquecido había empezado a aullar sin límite ni medida, provocando la dispersión de un valioso rebaño de ovejas, que sólo en parte se recuperó. Los aldeanos no confiaron en más exorcismos y  lo lapidaron sin piedad provocando su  muerte y que los demonios se quedaran sin cuerpo en el que habitar. De los demonios nada más se supo y aquel desgraciado fue enterrado con todo el ritual previsto en nuestras Sagradas Escrituras, pues a tenor de su paz y silencio, nada sorprendente si recordamos que estaba muerto, era claro que al fin Satanás había sido vencido.
Todo iba bien y yo predicaba el próximo Reino de los Cielos, pero para nada la rebelión contra Roma. De hecho cuando se me preguntó si había que pagar el tributo al Cesar les dije "que a Dios lo que es Dios y al Cesar lo que es del Cesar". Fue una formula un poco rebuscada, pero así hablamos los profetas, y era fácil entender que yo aconsejaba que  había que pagar los tributos a Roma.

 Como os decía Excelencia así era mi vida en la lejana Galilea hasta que los más exaltados de mis discípulos empezaron a insistirme en “que si  todos los grandes profetas habían predicado en Jerusalén”, “que si Zacarías había profetizado que el Mesías entraría en Jerusalén en un pollino”. Yo me resistía a ir a predicar a Jerusalén, pues una cosa era predicar entre aquellos campesinos de Galilea, y otra en Jerusalén, ciudad llena de escuelas rabínicas, fariseos doctos en las Sagradas Escrituras, e intrigas políticas. Pero tanto me insistieron que acepté. Compramos un burro y subido a él entre en Jerusalén. Mis discípulos y algunos de ésos que siempre se unen a cualquier grupo numeroso y entusiasta me recibieron con Hosanas y honras al que viene en nombre del Señor. No negare que me sentí halagado en mi vanidad ante aquel recibimiento y, aunque nunca estuve muy seguro, sentí que realmente podía ser un enviado de Yavé.

Como buen seguidor de la Ley que soy visité el Templo reconstruido. Grande fue mi decepción al verlo lleno de comerciantes y cambistas de monedas para hacer los preceptivos donativos. Tuve algunas palabras subidas de tono con ellos, nada grave pues no fue a mayores, aunque a alguno de mis discípulos más exaltados se le fue la mano. Y ahí empezó todo. Como su Excelencia sabe mejor que yo que las autoridades del Sanedrín obtienen pingues beneficios de las aportaciones dinerarias al Templo cuya finalidad es  dudosa, pues ya Herodes el Grande lo terminó de construir en su actual magnificencia y nadie sabe dónde van parar esas dádivas.

Como le decía a su Excelencia todos mis males empezaron en el lamentable episodio del templo. El Sanedrín vio en mí un enemigo de sus turbios negocios y cuando cenaba con los más allegados de mis discípulos me hicieron detener anoche. Me sometieron a un interminable interrogatorio, llenos de citas de las Escrituras, a las que yo respondía con otras citas de sentido contrario, ya le conté que las había leído con atención en mis tiempos en la carpintería, pues en  los Libros Sagrados siempre se encuentra lo que se busca. Aunque ya sé que su Excelencia es ajeno a nuestra fe, durante  el tiempo que ejerce su sabia magistratura en nuestras tierras, aunque sea por referencias, sabrá lo ricas y variadas que son nuestras Sagradas Escrituras. Ha sido una noche interminable, en la que no he podido pegar ojo, y ya de madrugada el tal Caifás, que parecía el jefe de ese tan cruel como hipócrita tribunal sentenció que me merecía la pena de muerte. Otro leguleyo le advirtió que la pena de muerte sólo la podía confirmar su Excelencia, y aquí estoy a la espera de su justa sentencia.

PILATOS. Váyase buen hombre, no se meta en más líos, y que no le vuelva a ver por aquí. Bastante tengo con aguantar las interminables disputas entre saduceos, fariseos, esenios y demás para que me cree  más problemas. Esta tierra  es un secarral que apenas produce riqueza lo que limita mucho, las por lo demás habituales comisiones que ingresan los prefectos, y no hay gente más picajosa que su pueblo, "que si no podemos desfilar en Jerusalén con los estandartes  del Imperio"," que los sábados no se puede trabajar"... en fin, cuando el divino Tiberio me nombró prefecto de Judea ya sabía yo que era un pésimo destino pero quién puede negarse al divino Emperador. Sólo espero acabar mi función aquí sin sobresaltos, y ser recompensado con un buen destino como las Galias o Hispania, ricas en minas de oro, con una población que adora sus antiguos dioses o a nuestro rico panteón de dioses, sin más complicaciones. Con este anhelado destino estaría cerca de Sicilia donde tengo una hermosa finca, que ahora explota un administrador sin mi directa vigilancia, y que seguro que se aprovecha de mi lejanía para apropiarse de los frutos de la finca, en mucho más de lo que le corresponde en justicia.

Y Jesús salió del palacio del prefecto, aspiró fuertemente el fresco de la mañana y partió de  nuevo a Galilea donde predicó algunos años hasta que murió al parecer víctima de una intoxicación de pescado en mal estado del Lago Tiberiades. No hubo pues ni Crucifixión y Resurrección. El judío romanizado llamado Pablo no tuvo Mito alguno en el que basar una nueva religión. En cuanto a Jesús en la detallada historia de  Judea de Flavio Josefo “Antiguedades Judías” se le dedico unas breves líneas, junto a otra decena de predicadores de la época, y el jesuadismo se diluyó con el tiempo en el nuevo judaísmo, surgido de la destrucción del Templo por los romanos, y la diáspora judía. La civilización siguió su evolución sin conocer lo que con los siglos se llamó Cristianismo.


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