Mi intención inicial era escribir sobre la
reaparición en el debate político nacional de las distintas opciones de Forma
de Estado: Monarquía o República. Todas las encuestas de opinión señalan que en
los dos últimos años se ha convertido la República en la opción preferida de
Estado de importantes, aunque minoritarios, sectores de la sociedad española.
Sin embargo, por razones que explicaré inmediatamente esta cuestión es
inseparable de la pérdida de prestigio del anterior Monarca, proceso que
concluyó con su reciente abdicación.
La opción republicana es particularmente notoria en
la izquierda. Izquierda Unida y su Partido matriz, el Comunista, se proclaman
abierta y beligerantemente republicanos. Podemos, como siempre no dice nada
concreto que se salga del guion de “lo
que quiera la gente”. Incluso en el PSOE, después de muchos años, desde
mas de treinta y cinco, se oyen voces que reivindican el alma republicana del Partido.
Que la cuestión Monarquía o República se sitúe, sólo
hasta cierto punto, en el debate político obedece a muchas causas. No es la
menor el descrédito de todas las instituciones del Estado en los últimos años,
con motivo de la larga y profunda crisis
económica nacional que finalmente se ha transformado en social y política. Como
consecuencia de la crisis y por razones específicas ha habido un intenso deterioro
de la figura de Juan Carlos I. Siempre se ha afirmado que España era más que monárquica,
juan carlista, por lo que la pérdida de prestigio de Juan Carlos ha conllevado él de la Institución. Tiene su lógica. La
Monarquía en España no tiene la tradición y consolidación de la británica por
ejemplo, donde los reyes se suceden desde hace tres siglos como las estaciones
en el año. Uno detrás de otro. En los dos últimos siglos desde Fernando VII que falleció en 1833, sólo
Alfonso XII ha muerto siendo rey, a la temprana edad de
veintiocho años. En estos casi dos siglos ha habido dos Repúblicas, cuatro Regencias,
un Monarca extranjero que huyó a los dos años de reinado, espantado de ver
donde se había metido, cuarenta años de dictadura militar… No existe en España el poso monárquico que sedimenta la tradición.
Por experiencia familiar directa sé que la valoración
del antiguo Rey no es la misma entre aquello que ya éramos mayores de edad en
1975 y las nuevas generaciones. Como no podía ser de otra manera voy a escribir
las próximas líneas de acuerdo a mis experiencias y vivencias políticas des
pues de la muerte de Franco.
Franco falleció el 20 de noviembre de 1975, como es de
general conocimiento. Muerto el dictador es proclamado, dos días después, Juan Carlos Rey, y por tanto Jefe de
Estado. Jurando los Principios del Movimiento en su proclamación como Monarca,
en un solemne Pleno de las Cortes franquistas se cumplía lo que Franco siempre recordó, que no se
trataba de una Restauración, sino de la Instauración de una nueva Monarquía
basada en los Principio del 18 de julio. Juan
Carlos asume en esos momentos los extraordinarios poderes que la
legislación vigente entonces atribuía al Jefe del Estado.
A partir de ese momento se inició un complejo
fenómeno político, que se conoce como la Transición, que permitió que un año y
medio después se celebren las primeras elecciones democráticas en España en
cuarenta años. El Partido Popular y los medios de comunicación afines al mismo
tienden a exagerar el papel del Monarca en ese proceso convirtiéndole en el
“Padre” de la democracia española. Fue sin duda una figura clave en el proceso.
Pero sería simplificar la historia no tener en cuenta otros factores básicos de
la rápida transformación pacífica de la dictadura a la democracia. En la
evolución de los acontecimientos en ese año y medio tuvieron un papel
importante la presión democratizadora de las amplias movilizaciones sociales,
sindicales y políticos que sucedieron en esos meses. Otro factor nada desdeñable es el interés del sector más dinámico de la
burguesía española en que se crearan las bases políticas para que España
pudiera ingresar en la Comunidad Europea. Finalmente no se debe desdeñar el
diseño que las grandes potencias occidentales, fundamentalmente Estados Unidos
y Alemania, habían trazado para la España post-franquista: una democracia
estable, en la que todos los Partidos que normalmente formaban parte del arco
parlamentario en los países vecinos fueran legales, incluido el Comunista,
pero sin que éste último tuviera ninguna posibilidad, por la vía que fuera, de
acceder al Gobierno. Con la perspectiva actual este último considerando puede
parecer una forma sutil de imperialismo, pero era la Guerra Fría, y esas eran
las reglas del juego.
Cuando en diciembre de 1978 se aprueba por amplia
mayoría la Constitución, la casi totalidad de la sociedad española se
identificó con ella. Sólo buena parte del Ejercito, un sector de la Iglesia, núcleos
residuales del antiguo Movimiento y de los sectores económicos beneficiados por
el franquismo y los independentistas vascos que apoyan a la organización
terrorista E.T.A. rechazan la Monarquía Constitucional. Esta fracción del
Ejército, en el que la práctica totalidad de sus generales habían sido
oficiales franquistas durante la Guerra Civil, será el principal y más
peligroso foco de oposición a la naciente democracia.
En relación al Ejercito , Juan Carlos será un personaje fundamental en la política española
de esos años. No está de más recordar que Franco,
venerado entonces por muchos militares, había escrito en su Testamento “:Os pido que rodeéis al futuro Rey
de España, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado”. Esa
exigencia póstuma de fidelidad al Rey de su idolatrado Caudillo planteaba un dilema
de difícil solución a los generales potencialmente golpistas. ¿Cómo acabar con
la democracia española, que al ser una Monarquía Constitucional, conllevaría
inevitablemente el hacerlo rebelarse contra el Rey?
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