martes, 23 de septiembre de 2014

La Monarquía y el juan carlismo (I)



Mi intención inicial era escribir sobre la reaparición en el debate político nacional de las distintas opciones de Forma de Estado: Monarquía o República. Todas las encuestas de opinión señalan que en los dos últimos años se ha convertido la República en la opción preferida de Estado de importantes, aunque minoritarios, sectores de la sociedad española. Sin embargo, por razones que explicaré inmediatamente esta cuestión es inseparable de la pérdida de prestigio del anterior Monarca, proceso que concluyó con su reciente abdicación.

La opción republicana es particularmente notoria en la izquierda. Izquierda Unida y su Partido matriz, el Comunista, se proclaman abierta y beligerantemente republicanos. Podemos, como siempre no dice nada concreto que se salga del guion de “lo que quiera la gente”. Incluso en el PSOE, después de muchos años, desde mas de treinta y cinco, se oyen voces que reivindican el alma republicana del Partido.

Que la cuestión Monarquía o República se sitúe, sólo hasta cierto punto, en el debate político obedece a muchas causas. No es la menor el descrédito de todas las instituciones del Estado en los últimos años, con motivo de la  larga y profunda crisis económica nacional que finalmente se ha transformado en social y política. Como consecuencia de la crisis y por razones específicas ha habido un intenso deterioro de la figura  de Juan Carlos I. Siempre se ha afirmado que España era más que monárquica, juan carlista, por lo que la pérdida de prestigio de Juan Carlos ha conllevado él de la Institución. Tiene su lógica. La Monarquía en España no tiene la tradición y consolidación de la británica por ejemplo, donde los reyes se suceden desde hace tres siglos como las estaciones en el año. Uno detrás de otro. En los dos últimos siglos desde Fernando VII que falleció en 1833, sólo Alfonso XII  ha muerto siendo rey, a la temprana edad de veintiocho años. En estos casi dos siglos ha habido dos Repúblicas, cuatro Regencias, un Monarca extranjero que huyó a los dos años de reinado, espantado de ver donde se había metido, cuarenta años de dictadura militar… No existe en España  el poso monárquico que sedimenta la tradición.

Por experiencia familiar directa sé que la valoración del antiguo Rey no es la misma entre aquello que ya éramos mayores de edad en 1975 y las nuevas generaciones. Como no podía ser de otra manera voy a escribir las próximas líneas de acuerdo a mis experiencias y vivencias políticas des pues de la muerte de Franco.

Franco falleció el 20 de noviembre de 1975, como es de general conocimiento. Muerto el dictador es proclamado, dos días después, Juan Carlos Rey, y por tanto Jefe de Estado. Jurando los Principios del Movimiento en su proclamación como Monarca, en un solemne Pleno de las Cortes franquistas se cumplía lo que Franco siempre recordó, que no se trataba de una Restauración, sino de la Instauración de una nueva Monarquía basada en los Principio del 18 de julio. Juan Carlos asume en esos momentos los extraordinarios poderes que la legislación vigente entonces atribuía al Jefe del Estado.

A partir de ese momento se inició un complejo fenómeno político, que se conoce como la Transición, que permitió que un año y medio después se celebren las primeras elecciones democráticas en España en cuarenta años. El Partido Popular y los medios de comunicación afines al mismo tienden a exagerar el papel del Monarca en ese proceso convirtiéndole en el “Padre” de la democracia española. Fue sin duda una figura clave en el proceso. Pero sería simplificar la historia no tener en cuenta otros factores básicos de la rápida transformación pacífica de la dictadura a la democracia. En la evolución de los acontecimientos en ese año y medio tuvieron un papel importante la presión democratizadora de las amplias movilizaciones sociales, sindicales y políticos que sucedieron en  esos meses. Otro factor nada desdeñable es  el interés del sector más dinámico de la burguesía española en que se crearan las bases políticas para que España pudiera ingresar en la Comunidad Europea. Finalmente no se debe desdeñar el diseño que las grandes potencias occidentales, fundamentalmente Estados Unidos y Alemania, habían trazado para la España post-franquista: una democracia estable, en la que todos los Partidos que normalmente formaban parte del arco parlamentario en los países vecinos fueran legales, incluido el Comunista, pero sin que éste último tuviera ninguna posibilidad, por la vía que fuera, de acceder al Gobierno. Con la perspectiva actual este último considerando puede parecer una forma sutil de imperialismo, pero era la Guerra Fría, y esas eran las reglas del juego.

Cuando en diciembre de 1978 se aprueba por amplia mayoría la Constitución, la casi totalidad de la sociedad española se identificó con ella. Sólo buena parte del Ejercito, un sector de la Iglesia, núcleos residuales del antiguo Movimiento y de los sectores económicos beneficiados por el franquismo y los independentistas vascos que apoyan a la organización terrorista E.T.A. rechazan la Monarquía Constitucional. Esta fracción del Ejército, en el que la práctica totalidad de sus generales habían sido oficiales franquistas durante la Guerra Civil, será el principal y más peligroso foco de oposición a la naciente democracia.

En relación al Ejercito , Juan Carlos será un personaje fundamental en la política española de esos años. No está de más recordar que Franco, venerado entonces por muchos militares, había escrito en su Testamento “:Os pido que rodeéis al futuro Rey de España, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado”. Esa exigencia póstuma de fidelidad al Rey de su idolatrado Caudillo planteaba un dilema de difícil solución a los generales potencialmente golpistas. ¿Cómo acabar con la democracia española, que al ser una Monarquía Constitucional, conllevaría inevitablemente el hacerlo rebelarse contra el Rey?


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